Castlevania

Cuenta la leyenda que el equilibrio de poder entre el bien y el mal se encuentra en constante fluctuación, con ciclos periódicos en los que uno predomina sobre otro, y es en los puntos álgidos de estos periodos en los que dicho equilibrio debe ser preservado. Así, aproximadamente cada cien años, las fuerzas oscuras alcanzan su apogeo y permiten al Príncipe de las Tinieblas, el vampiro maestro Drácula, caminar de nuevo sobre la Tierra, siendo la primera manifestación de su poder la aparición de una siniestra fortaleza. Una construcción que es en sí misma una criatura de caos y cuya silueta se recorta frente a una terrible luna. El castillo endemoniado de Drácula: Castlevania.

Su aparición es el presagio de la destrucción de la humanidad a manos de las criaturas del inframundo, pero también la llamada a los defensores de las fuerzas del bien. Durante siglos, el clan Belmont, un linaje de guerreros destinados a detener el avance del mal y por cuya sangre corre un enorme poder ha combatido contra Drácula generación tras generación, legando de padres a hijos sus técnicas de combate, sus conocimientos y sobre todo su principal arma, una que sólo alguien con la sangre de un Belmont puede empuñar sin ser consumido por el propio objeto: el látigo Vampire Killer, creado muchos siglos atrás a través de la alquimia y el único medio efectivo de hacer frente al inmenso poder de Drácula y aniquilarlo. Aunque no definitivamente. También cuenta la leyenda que Drácula no puede ser completamente destruido, pero sí sumido en un letargo durante el que continuará acumulando poder hasta su siguiente resurrección dentro de cien años. Para entonces, las buenas gentes de Valaquia y alrededores verán cómo un nuevo Belmont hace frente a los muros de Castlevania látigo en ristre antes de refugiarse en sus casas, estremeciéndose de terror al pensar que es una noche horrible para estar maldito.

Seguramente Konami no se imaginaba lo que tenía entre manos cuando en septiembre de 1986 lanzaba al mercado japonés un juego llamado Akumajō Dracula para el Famicom Disk System primero y MSX y N.E.S. después, que echaba en una coctelera a los monstruos más clásicos de las películas de terror de la Universal, agitaba bien y servía adornando con grandes dosis de plataformeo, un diseño de niveles que acabaría siendo marca de la casa y una dificultad de alto octanaje. Un combinado apto para hombres de pelo en pecho y callos en pulgares que cuando se sintieron indestructibles al conseguir acabarlo con éxito jugaron al Contra al año siguiente y lloraron como nenas. Tal como cuenta el argumento del juego, corre el año 1691 y los transilvanos viven un periodo de paz que ya dura desde que Christopher Belmont se enfrentase a Drácula por última vez, de lo cual hace,oh wait, cien años justos. Como siempre tiene que haber aguafiestas, un puñado de malutos aprovecha que es el momento ideal para resucitar a Drácula, con mortales resultados. Y así, Castlevania se alza una vez más y los aldeanos recogen sus testículos del suelo acuden al actual descendiente del linaje sagrado: Simon Belmont.

A lo largo de seis niveles tenemos el control de Simon mientras se abre paso a través de las distintas estancias del castillo subiendo escaleras y saltando de plataforma en plataforma a latigazo limpio, comenzando por el jardín y la antesala y siguiendo por catacumbas, torreones, mazmorras y la mil veces maldita torre del reloj -que he aprendido a odiar desde el fondo de mi alma- hasta llegar al lugar más alto del castillo donde se encuentra la estancia personal de Drácula que nos espera para la batalla final. Por el camino nos enfrentamos a enemigos reconocibles por la imaginería propia de las ambientaciones de terror como zombies, armaduras andantes, esqueletos o murciélagos y otros salidos de la mitología y el cine como cabezas de górgona voladoras, momias o el mismísimo monstruo de la Laguna Negra, que viene con toda su familia. No faltan los subjefes y jefes de nivel, que forman una plantilla que ni Florentino Pérez, oiga. Entre otros y de memoria: un murciélago tamaño king size, el monstruo de Frankenstein, Igor, la momia, o mejor dicho, las momias, Medusa y como no, el lugarteniente de Drácula, la Muerte. Seguido de Drácula himself. Casi nada al aparato.

Pero no todo va a ser sudar sangre. Los candelabros que se encuentran por todo Castlevania, e incluso algunos de sus muros, contienen ítems que nos serán de provecho. Así, Simon puede potenciar el Vampire Killer, que de inicio es un látigo de cuero, hasta dos veces más convirtiéndolo en un látigo de cadena de mayor alcance y daño. Además, puede encontrar pociones que le hacen invulnerable, crucifijos que eliminan todos los enemigos de la pantalla y  subarmas de distinto tipo y utilidad contra según qué enemigos: los cuchillos arrojadizos son proyectiles frontales, las hachas describen una parábola que permite eliminar enemigos en plataformas superiores, el agua bendita es de muy corto alcance, pero deja una llamarada estática en el suelo que inflinge un buen daño a los enemigos que la tocan, el reloj detiene el tiempo durante unos valiosos segundos, y la cruz… oh, la cruz. La cruz actúa como un boomerang barriendo la pantalla a uno y otro lado y es con mucho la subarma más preferible. Esto sumado a dos power ups marcados con los números romanos II y III que permiten lanzar respectivamente dos y tres subarmas simultáneamente causa estragos hasta en los más correosos jefes finales. Obviamente no hay barra libre en esta juerga y las subarmas tienen un coste que viene dado en corazones, que también recogeremos en los candelabros. En cuanto a los muros, hay algunos destructibles que ocultan estofados en su interior que nos vendrán de perlas, y mucho, para recuperar vida.

A pesar de que para la época parece que hay un arsenal más que bueno, no es plan de confiarse. Castlevania es un juego que progresivamente va exigiendo al jugador un salto milimétrico, unos reflejos felinos y unos nervios de acero para no estampar el mando contra el suelo, arrancarse la ropa y chillar como un poseso. Hay momentos en los que el acoso de los enemigos y sus pautas de movimiento son tales que hacen muy complicado encontrar un resquicio para poder no ya matarlos, sino esquivarlos, ya que aunque disponemos de una barra de vida que aguanta varios impactos, cada uno de estos golpes hará que Simon retroceda, resultando muchas veces en una caída al fondo de la pantalla y la pérdida de una vida. ¿Puntos de guardado, decís? Aquí no hay passwords ni saves, ya os he dicho que este era un juego de hombres. Pero tranquilo, impetuoso cazavampiros, hay continuaciones infinitas. Si entras en Castlevania, que sea para acabar lo que empiezas.

Si algo distingue a Castlevania es esa atmósfera especial tan propia, y esto es en gran medida gracias a su banda sonora. Muchos llevamos en el recuerdo y en el MP3 las composiciones de Michiru Yamane para los Castlevania desde mediados de los 90, pero ojo cuidado, que tampoco en los principios iban mancos ni sordos. Los grandes temazos emblemáticos de la saga se los debemos a la señorita Kinuyo Yamashita, que ya nos regala los oídos en las primeras entregas con piezas maestras como Wicked Child, Heart of Fire, por supuesto el legendario Vampire Killer, o el Bloody Tears de Castlevania II: Simon’s Quest, melodías que el buen castlevaníaco no duda en tararear en cualquier situación.

Castlevania fue el comienzo de una leyenda que acabaría teniendo una línea temporal de un milenio entero y que fue enriqueciéndose poco a poco con juegos mejores o peores, pero que por lo general siempre aseguraban un mínimo de calidad. A mi juicio uno de los iconos del mundo de los videojuegos, un plataformas por excelencia, y un titulo enorme por derecho propio que cualquiera debería probar al menos una vez en su vida. Y ahora, sime disculpais, los engranajes de la torre del reloj piden 3 en 1 a gritos.

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Acerca de juanefdez

Gamer nostálgico a tiempo completo.
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